BAILE DE MÁSCARAS
En un lejano paraje, del que ya nadie se acuerda, habitaba una aldeana cuya especialidad era el cultivo de flores, desde las más comunes hasta las más exóticas. Cuidaba su jardín con gran esmero, siempre precavida, arrancaba las hierbas que podrían bajar la calidad de sus preciadas plantas. De vez en cuando, recorría otros lugares en busca de nuevas especies, de nuevos aromas y colores, esto para diversificar su arreglado y pulcro jardín.
En uno de estos recorridos, se topó accidentalmente con un paraje totalmente distinto a los ya previamente visitados. Era un claro dentro de un bosque de árboles y flores multicolores que nunca había visto anteriormente. En el medio de este claro, se encontraba una mansión cuya puerta principal estaba abierta de par en par. Con todo cuidado tocó la puerta y al no ser respondida, se tomó la libertad de entrar, suponiendo que una puerta abierta significaba eso justamente, un libre ingreso.
Grande fue su sorpresa al encontrar en la sala principal una infinidad de personas, la algarabía era impresionante, unos discutían los pormenores de su vida diaria, otros gritaban aguerridamente hasta llegar a los golpes, otros simplemente escuchaban atentamente. La aldeana comenzó a visitar todos los ambientes de la mansión; algunos de estos eran desconcertantes, inverosímiles. Entonces, decidió iniciar algunas conversaciones dentro de todos los ambientes hasta que encontró una habitación donde se sintió en casa. Todos los personajes hablaban de flores, aromas, colores, muchos de los cuales nunca habían llegado a sus oídos. Le pareció buena idea compartir sus experiencias y conocimientos dentro de este campo. Rápidamente fue aceptada e invitada a seguir intercambiando tanto sus conocimientos como su amistad.
Nuestra aldeana decidió quedarse un largo tiempo, olvidándose que tenía su propio jardín que cuidar y cultivar. Pero ¡cómo volver! si había encontrado otro jardín mejor, pensaba ella. Los días pasaron, ya no solo se hablaba de flores, olores, colores; se bebían los mejores vinos, se vestían las mejores ropas, bellas palabras y melodías surcaban los espacios de esta majestuosa habitación.
Un día, la aldeana despertó un poco más temprano de lo usual. Por algún motivo, su cuerpo estaba algo dolorido y la cabeza le daba vueltas. Pensó entre sueños, que el vino de la anterior noche podía haber estado narcotizado. Repentinamente se dio cuenta, que no estaba acostada en su mullido colchón sino en un duro y áspero suelo. Sintió frío y descubrió que su caliente frazada había desaparecido. Salió rápidamente de su habitación a buscar a sus amigos, gritando: ¡Ladrón, ha entrado un ladrón! Más grande fue su asombro al no encontrar a ninguno de sus amigos. Las paredes antes vestidas de hermosos cuadros, la finísima decoración y los cómodos muebles habían desaparecido. Recorrió las otras habitaciones, encontró personas que nunca había visto antes. Todas vociferaban, otras murmuraban; aunque ella pedía auxilio, nadie le dirigía ni una sola palabra, al contrario, sus labios sonreían hasta convertirse en horribles muecas.
Ante tanta desesperanza, salió huyendo de la mansión. Afuera, los árboles ya no le parecieron hermosos, sino monstruosas formas de troncos tortuosos que se abalanzaban sobre ella. Corriendo, buscó a sus amigos en ese oscuro bosque. Le parecía oír sus voces en la lejanía, pero cuando ya pensaba que estaba cerca, solo se encontraba con otro árbol viejo y caído. En su búsqueda, perdió el camino correcto y volvió a la mansión. No podía creer lo sucedido. Miró a través de un ventanal y solo vio monstruos caníbales que se comían unos a los otros. Las paredes, otrora vestidas de lujosos tapices, estaban manchadas de sangre y excremento. Los alaridos y carcajadas eran escalofriantes. Se dio cuenta que era observada y sin ningún temor ella devolvió la mirada. Encontró ojos conocidos pero esta vez eran fríos, tan fríos que le congelaron el alma.
Tristemente, se dio cuenta que esta mansión estaba siendo habitada por la misma gente, solamente habían cambiado de disfraz y máscara. Sus festines variaban de acuerdo al ciclo de la luna, a veces eran personas benévolas y otras veces se convertían en hombres lobos.
La aldeana decidió encontrar el camino que la llevara a su olvidado jardín. Nunca se supo si encontró el camino.
Algunos aldeanos dicen que a veces pasan cerca de la mansión y solamente escuchan alaridos y horrendas carcajadas.
Un viajero, al descansar después de una larga jornada, dice haber visto la silueta de una mujer, en un paraje perdido, recogiendo flores silvestres, aquellas que no tienen un olor o color definido...