LA RELATIVIDAD DEL TIEMPO
Si uno toma un tiempo cada día para observar pequeños detalles de nuestra vida diaria, nos damos cuenta de la Relatividad del Tiempo, sí, con mayúsculas y aquí no estoy tratando de escribir una nueva tesis científica parecida a la de Albert Einstein, sino más bien sobre lo relativo que es para cada persona el pasar de ese ya antiguo tic-tac de aquellos relojes, ya sean de pulsera o esos otros que adornaban nuestras paredes (o la de los abuelos) con sus enormes péndulos que nos inducían a dormir. Y ay de que se nos olvidara dar cuerda al pequeño botoncito o jalar las cadenas para que aquellos mecanismos llenos de engranajes funcionaran por otras veinticuatro horas. ¡No! Eso era imposible, porque el perenne tic-tac era parte de nuestra vida y si por algún descuido nos olvidábamos de dar cuerda, como que algo faltaba al diario vivir. Ahora nuestros relojes son silenciosos, tienen algo adentro llamado cuarzo, con unas minúsculas baterías que cuestan más que el mismo reloj y cuando dejan de funcionar (cosa que sucede de improviso) ni nos damos cuenta y nos hacen llegar a nuestros destinos a veces unas horas tarde.
Los semáforos, otro ejemplo de la relatividad del tiempo. En nuestra ciudad, la duración de la luz roja es aproximadamente de un minuto, a veces solo medio minuto, depende de lo inteligente del semáforo y si es que cambiaron el foquito que se quemó hace ya tres días. El ciudadano común detendrá su automóvil y esperará pacientemente a que dé la luz verde ya que un minuto es nada comparado a los millones de años luz que tarda la luz de alguna galaxia lejana en llegar a nuestro sistema planetario. Pero hay otra clase de ciudadanos, por lo general aquellos que conducen aquello que se llama comúnmente “transporte público” cuya relatividad del tiempo va matemáticamente opuesta a esta ya conocida teoría, o sea, un minuto de luz roja es demasiado tiempo, aunque a veces me nace la idea que los choferes son daltónicos y todo lo ven de color verde.
En mi profesión, si es que ser pianista es una profesión (¿verdad, señores científicos?) me encuentro a diario con un fenómeno que puede llegar a ser científico o quizás sea pura magia, ¡qué sé yo! Ayer un jovenzuelo estudiante de música creía que un contrabajo era un violinzote grandote, otro pensaba que una flauta era lo mismo que un clarinete, o un fagot, mejor ni le digo lo que pensaba... bueno, el caso es que ahora tocan en LA ORQUESTA y se sienten grandes profesionales. Es que la relatividad del tiempo parece haber cambiado, o quizás la inteligencia, porque en “mis tiempos” llegar a “ser músico” requería demasiados años, 10 o más.
Ni se diga la relatividad del tiempo entre el ayer y el hoy de convertirse en un profesional. En “mis épocas” lograr un post-grado, llámese maestría (y no “masterado”) era casi un acto heroico pues las maestrías eran algo lejano, ubicadas en otros países del Primer Mundo y para lograr esto había que conseguir una beca, y si uno la conseguía sabía que eran de dos a tres años de trabajo, investigación y estudio, mucho más duros que aquella simple licenciatura que también nos tomó un buen tiempo. Ahora ya se acabaron esos tiempos, para qué sufrir, usted puede conseguir una maestría en lo que se le antoje, aunque no tenga que ver nada con su profesión, en unos pocos meses y en varias modalidades: a distancia, maestrías aceleradas (¿?) o lo mejor: Por Internet y en muy poco tiempo usted ya no será un Lic. sino un Mgr.
Y si no le interesan las maestrías pero sí el aprender Inglés en solo tres meses con “el método acelerado”, tendrá opciones iguales a lo anteriormente escrito. Pero si tampoco le interesa aprender inglés pero sí quiere bajar esos 50 kilogramos de sobrepeso que no le están permitiendo vivir decentemente, también hay métodos extraordinarios desde pastillas o tecitos con ingredientes absolutamente desconocidos que por alguna razón que no es de este mundo también se ofrecen para subir de peso a los anoréxicos. Si señor, señora, baje sus 50 kilogramos en solo 8 días. Y si le queda tiempo después de haber logrado todo lo anterior, todavía puede darse el lujo de aprender guitarra con “el método más moderno” en solo 3 semanas.
¡Ah! El Internet, aquella herramienta maravillosa que hace que la relatividad del tiempo se vaya por la borda. Cuando era niña, en la escuela nos dejaban muchas tareas (al igual que hoy en día). La diferencia es que antes teníamos que leer libros, usar lápiz, papel, borrador. Desde muy temprana edad sabíamos lo que era una enciclopedia y que la A es seguida por la B... Sabíamos que si nos dejaban la tarea de investigar la palabra “marsupial” para la clase de zoología en 5° básico, solo teníamos que tomar el tomo número tantos que llevaba la letra “M” en el lomo, leer y transcribir a nuestro cuaderno “en limpio” con el título Marsupial en tinta roja, así de fácil. Ahora, los pequeñuelos encienden la “compu”, se “conectan” y entran al GOOGLE, allí escriben la palabra marsupial pero por ahí no saben como se escribe marsupial y escribieron marzupial. El GOOGLE busca en unos segundos la palabrita y como no la encuentra le da al chiquillo varias opciones con la siguiente leyenda “la palabra MARZUPIAL no existe, no estará usted buscando las siguientes palabras...?” y ahí nuestro gran amigo Google nos da una serie de opciones. Como el chiquillo no tiene la más mínima idea de lo que es un marsupial, por ahí entre las opciones le gustó la palabra “marital” o le pareció parecida, así que introduce rápidamente una hoja tamaño Bond en su impresora, aprieta el botón Imprimir y en segundos tendrá su tarea hecha sin siquiera darle una leída. Rápidamente tomará un frasquito de Carpicola escolar y pegará su hoja recién impresa y la pegará en su cartapacio. ¡Ah!, Cartapacio, de que estoy hablando, de cosas del siglo pasado, pero si ya no existen cartapacios. No, el chiquillo entregará su tarea así no más a la profe. Para que perder más minutos preciados si ya es hora de “chatear” con los amigos ciber-espaciales, aquellos que no tienen color, olor ni jamás verán la mirada humana de sus ojos.
Más impresionante es que de vez en cuando caen en mis manos libracos y cuando horrorizada voy rápidamente al final del libro para buscar la bibliografía, me encuentro que el autor basa un 80% de ella con las siglas “www.” Lo peor, me horrorizo doblemente cuando trato de leer el libraco y no entiendo ni la mitad y ahí me doy cuenta que este señor sacó toda su bibliografía a través del Google, quien amablemente le dio la información en algún idioma extraño que puede ir desde el inglés hasta el indochino y apretando sobre la frase “traduzca esta página”, como acto de magia tiene la página traducida a un castellano de la era de los picapiedras sin siquiera tomarse la molestia en poner en orden sujetos, predicados, verbos, adjetivos y todas aquellas cosas bonitas que nos enseñaban en “mis tiempos” en la clase de ortografía y redacción.
Lo más triste de todo es que en el transcurso de dos gobiernos, o sea diez años o una década, como usted prefiera, nuestros gobernantes deciden dilapidar el tesoro nacional y la Patria entera, nos venden su propia teoría de la relatividad del tiempo y prometen arreglar todo ese desastre en solo noventa días. Claro, nosotros hacemos como que les creemos y a los 45 días gritamos como energúmenos de que hasta ahora no han solucionado el problema, cuando sabemos, de verdad, que hay cosas en la vida que son imposibles y que el tiempo es el tiempo, para bien o para mal.